domingo, 5 de mayo de 2013

La importancia de llamarse Ernesto

The Importance of Being Earnest
Oscar Wilde
Longman Literature, 1991

No sé qué me pasa, pero cuando leo un teatro, siempre acabo disfrutando.

Lo que pasa es que no leo obras de teatro más a menudo, parece que me lo administro en pequeñas dosis muy distanciadas en el tiempo. Quizás sea esa la posología recomendada, quién sabe. Pero me sigue funcionando como el primer día, mantendré esta tónica.

Lo último que ha caído en mis manos ha sido The importance of being Earnest, de Oscar Wilde. Una lectura en inglés que no se me ha hecho nada difícil, de hecho, es muy fácil de seguir en el idioma que fue concebida. Desconozco si sois aficionados a leer obras de teatro, pero debido a que es una obra muy breve, y en su brevedad es sublime, creo que es un buen punto para que los que no se han atrevido nunca con las obras dramáticas lo intenten.

El argumento guarda muchísima relación con el título (de hecho, el propio título revela un juego de palabras) y prefiero no desvelar mucho sobre él. Se desarrolla en la época Victoriana, donde los personajes masculinos de la obra entablarán relaciones que suenan a campanas de boda con un par de doncellas. Sin embargo, un curioso requisito para establecer matrimonio y las alocadas reacciones de los protagonistas motivarán el desarrollo del planteamiento.

Lo realmente elogiable es crear una historia tan perfecta, y con un cierre tan magistral, en una obra donde el humor no falta en ninguna página. Los protagonistas expresan con naturalidad deseos hilarantes y el trasfondo de la obra no es mucho más cuerdo. Además, la simplicidad de los protagonistas implicados ayuda mucho a engancharse a una obra que es fácil de acabar en menos de dos horas.

Recomendado a aquellos que quieran pasar un rato divertido con un buen clásico de la literatura, y a todos aquellos que sientan curiosidad de saber por qué es tan importante llamarse Ernesto.


martes, 30 de abril de 2013

6.202.700

Hala, así sueltan el número, como diciéndonos, "es lo que hay".

Parece que a los que están arriba no les afecta mucho. Al fin y cabo, ellos se mueven entre números grandes, ¿se me entiende? El déficit, el PIB... todo se mide en cifras escandalosas. Digamos que están acostumbrados, incluso anestesiados, ante las grandes cifras monstruosas. Una cifra más en el cuaderno, eso es lo que será para ellos. "Ahora que es, ¿desempleo? Dámelo que ya lo sellaremos"

A nosotros, los de abajo, nos parece demencial. No solo la cifra obscena, también ese comportamiento por parte de los que proclaman la Primitiva del empleo y en la cual el premio gordo nos toca siempre a nosotros. 

Y es que 6.202.700 personas son una locura. Pero no las pongamos todas juntas, porque los números tienen esa falsa dimensión de aglutinar realidades hasta que parezcan menos terroríficas. Tampoco me gusta que a estas desgraciadas personas, que no han buscado ser un número tan grande, las metan en estadios de fútbol y que digan que salen unos 38 campos llenos de gente. Cómo nos metamos a pensar en fútbol otra vez no salimos de aquí.


Me gusta un poco más cuando las ponen en fila india, una detrás de otra, y llegan hasta Moscú. Y es que son 6.202.700 personas. Menuda imagen, ¿no? Paralizando Europa entera, cruzando calles y ríos... Y cada uno llevando un párrafo con una pancarta en la que describan sus terroríficas situaciones.  Pero lejos de amedrentarles con este poder de reunión, de personas unidas que recorre el continente y lo sobrepasa, a los de arriba este tipo de figuras geométricas solo les parecen divertidas, como mucho. Y las pancartas no las leerán, si es que para qué molestarse.

Pero lo chocante está precisamente ahí, y no en hacer conjuntos o cifras. Uno a uno, cada uno por separado, cada uno con su historia: esta es una tragedia de dimensiones pavorosas. Solo pensando de uno en uno, uno se da cuenta de lo que incluso podríamos llamar genocidio laboral, de que detrás de cada persona hay una vida, una dignidad, hambre, hijos o una hipoteca. O mucho más. Y ese poder, el individual, puesto uno tras otro, puede multiplicar la desgracia hasta hacer que las cifras y los campos de fútbol se queden cortos.

Los de arriba no apostaron a ese número, no les parece cercano porque tampoco les parecen cercanas esas situaciones. Los de arriba ya se olvidaron de vivir como se vive abajo.




martes, 23 de abril de 2013

Encuentra tu vocación

He de reconocer que durante bastante tiempo he pensado que la vocación era algo único e indistinguible, claro como puede serlo encontrar un oasis en el desierto. Pero el otro día me encontré con estas líneas que os copio a continuación, y tuve que reconocer que tenían gran parte de razón. 

Saber leerse por dentro no es fácil. Muchas personas llegan a tener serias dificultades porque sienten pasión por varias cosas que realmente son vocaciones, pero sólo una de ellas es la plena, la que de verdad importa si uno quiere realizarse. 

Os dejo que saquéis vuestras propias conclusiones leyendo esta clasificación de vocaciones.

Vocación subjetiva: si el sujeto siente atractivo por una actividad, pero carece de cualidades para ella.

Vocación objetiva: posee esas cualidades, pero no el atractivo hacia ella.

Vocación auténtica: si además de sentir atractivo por la actividad, tiene las cualidades suficientes para ello.

¿Qué opináis? Repasad vuestra vida, vuestras convicciones. ¿Vuestra vocación es sólo la que consideráis auténtica? ¿O reconocéis que durante vuestra vida habéis pasado por vocaciones de los otros dos tipos que os hayan confundido?

Para que os comáis un poco más la cabeza, estas vocaciones pueden convertirse unas en otras a lo largo de nuestra vida, lo cual aporta, aparte de algún que otro quebradero de cabeza, posibilidades complejas muy interesantes que surgen de la maravillosa potencialidad que todos llevamos dentro.


sábado, 13 de abril de 2013

La otra forma de disfrutar de la cultura

Como bien dijo una amiga en su blog, los textos de clase de Inglés pueden dar para pensar mucho sobre otras cosas que no son el propio idioma. Esta entrada está inspirada por la idea que desarrollaba uno que analizamos en clase esta semana pasada.

El escritor hablaba sobre un concierto de música clásica que le habían recomendado encarecidamente, pero que no pudo disfrutar pese a que pagó su entrada. ¿Por qué? Porque delante suyo había una entrañable familia que no dejaba de hacer ruido y de moverse en sus sillas, y eso le molestó enormemente. En medio de su ira por no poder concentrarse en la música, acabó por dar una patada al respaldo delantero, pero la familia dicharachera ni se inmutó.

La amarga experiencia hacía reflexionar al escritor sobre cuál era el motivo que explicase que conductas que debían ser reprimidas al estar en sociedad, y especialmente al disfrutar de actos culturales, fuesen en aumento en las últimas décadas. La conclusión que él sacaba señalaba muy interesantemente a la amplia disponibilidad de la cultura hoy en día.


No deja de tener algo de razón. Hoy en día, cualquiera de nosotros puede disfrutar del concierto que más le guste en decenas de versiones distintas y en cualquier momento del día. En el coche, en la ducha, mientras escribe mails... puede disfrutar de algo que no era para nada tan accesible no hace mucho tiempo. Y pocas veces uno se sienta a escuchar de forma que esté totalmente concentrado en la audición, sin otras cosas entre manos. Es probable que sea esta reconfortante sensación de la ubicuidad de la cultura la que hace que no demos tanta importancia al acto en directo en sí y que incluso nos distraigamos y distraigamos a los demás en plena actuación. 

El escritor, seguramente todavía enfadado, acaba diciendo que no era que hubiésemos olvidado cómo escuchar, es que ni siquiera habíamos aprendido a hacerlo.

Sin duda se pueden hacer muchas críticas a esta opinión - quién va a dudar de que la amplia disponibilidad de la cultura pueda ser negativa, o que aquella formalidad de ir a la ópera era excesiva - pero habría que conceder razón a que el hecho de que podamos disfrutar de la cultura por doquier ha hecho que para nosotros tenga menos valor, y la sociedad así lo acabe reflejando en algunas facetas. 

Así que ya sabéis, la próxima vez que vayamos a una obra de teatro, un musical o similares, esforcémonos por disfrutar y dejemos también disfrutar a otros. La cultura lo merece, y la sociedad que creamos, también.