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domingo, 23 de febrero de 2014

Por qué me gusta tanto Misfits


Misfits es una serie británica que comenzó a emitirse en 2009, y la quinta y última temporada cerró el argumento a finales de 2013. La trama de Misfits no es en apariencia muy pretenciosa: cinco jóvenes con comportamientos difíciles que trabajan juntos prestando servicios a la comunidad se ven envueltos en una extraña tormenta que les concede superpoderes. A partir de ahí, diferentes sucesos, generalmente relacionados con el hecho de que otras personas también han adquirido poderes, serán el hilo conductor de la serie, a medida que conocemos algo más en profundidad a los protagonistas.

Misfits se compone de varios componentes muy fácilmente observables:
  • Los poderes, tanto como amenaza en manos de enemigos como parte estructural de los problemas de los protagonistas.
  • El lenguaje vulgar y soez, acompañado de algunas teatralizaciones del mismo tono.
  • La amistad dentro del grupo, como un valor contrapuesto a la labilidad emocional de sus miembros.
  • La ausencia de argumentos prolongados en el tiempo, que dotan a la serie de una apariencia de que ha sido construida a medida que avanzaba.
  • El tremendo carisma de sus personajes, sobre todo por la forma en la que se expresan.

Estaré de acuerdo en que todo esto no arroja mucho atractivo. Aunque me gustan las series más complejas, algo que sólo se encuentra en series como Misfits me llama también mucho la atención. 

Para comenzar, me atrae en cierta medida que protagonistas normales adquieran poderes, en especial, si esos poderes no son muy útiles, como ocurre con algunos. Cualquiera que sea el poder dota a la persona de una segunda naturaleza de la cual debe preocuparse, como si ya no tuviese suficiente con  preocuparse por su yo interior o por los que les rodean. Esto se ve muy claro en personajes como Rudy o Curtis. Además, el hecho de que los poderes los ostenten adversarios de los Misfits - sin ser por ello peores personas que los del mono naranja - da una emoción constante a la trama, donde parece que cualquier capítulo podría suponer el último de sus vidas.


También es muy reseñable el hecho de que, pese a tener poderes, los Misfits no quieran dedicarlos a salvar el mundo ni nada por el estilo. Simplemente siguen su trabajo a la comunidad, aunque de vez en cuando se benefician de ellos como pueden. Es un punto de vista terriblemente humano y acertado. Muchos pueden pensar, como ellos, "que el mundo lo salven otros".


El lenguaje soez y el hecho de que los personajes sean jóvenes difíciles de tratar es probablemente un punto propio de la serie muy superior a los poderes. No se suele ofrecer un análisis tan detallado de las vidas y las intimidades de un grupo de estas características, lo cual es llamativo. Los personajes, quizás por el uso de estos arquetipos, son simples hasta la médula y es muy fácil seguirles y entenderles, quizás un secreto de la audiencia de la serie. Aunque muchas veces el humor es demasiado surrealista y zafio (Nathan es un personaje inolvidable), es un complemento necesario para sumergirse en esta realidad de la juventud que se nos presenta.


Por último, decir que la serie tiene capítulos sorprendentes: muchas veces usa el recurso de los universos paralelos o hace guiños a la cultura pop muy bien recibidos; capítulos que resaltan que la trama puede saltar por los aires porque lo importante de verdad es otra cosa. 

Es necesario para hacerse seguidor de Misfits querer a sus personajes (al menos a uno de ellos) como me encandilaron a mí Nathan, Rudy y muy especialmente la tardía Abby; estar dispuesto a reírse de la poca seriedad de una serie tan bien configurada, y, para terminar, dejar que capítulo tras capítulo nos salpiquen unas ligeras gotas de ficción bien fresca y fácil de digerir.

jueves, 21 de febrero de 2013

Lo que nos enseña The Walking Dead


The Walking Dead, la adaptación del cómic homónimo de Robert Kirkman en formato de serie televisiva, ya va por su tercera temporada. Las andanzas de este grupo de supervivientes de un apocalipsis zombie está gustando a muchos que no conocían la fuente original de esta creación, y por este motivo está cosechando un éxito bastante merecido (aunque los más fans del cómic puedan no compartirlo, como pasa a menudo).

Yo tampoco conocía el cómic, pero la serie me está dejando un buen sabor de boca. Me gustan los dramas de este estilo, donde aparece un grupo nutrido de personajes que debe pasar por grandes desafíos, si bien esta oleada de zombies puede ser un reto excesivo. De todas formas, a mí me tiene muy maravillado cómo este producto nos quiere revelar algunas ideas sobre la naturaleza humana.

Prometo no desvelar nada del argumento, es simplemente una reflexión general.

Uno puede pensar a priori que los zombies son la mayor amenaza, y ciertamente son de temer. Pero a medida que la historia avanza los zombies van quedando en un segundo plano, porque el protagonismo es del núcleo de supervivientes y también de una maldad que les impregna a cada paso que dan.

A los pocos capítulos uno se da cuenta de que los zombies serían algo menor de no ser porque los protagonistas deben  también luchar contra sí mismos.

Efectivamente, los humanos vivos constituyen una amenaza mucho mayor que los muertos que caminan, ya sea bien por el rencor que contienen o por el abanico de sentimientos de desprecio que puedan demostrar hacia sus iguales. Y no tienen por qué estar en el otro bando necesariamente, también entre los que consideran de los suyos el caldo de las emociones puede hervir negativamente en cualquier momento. La cautela, las decisiones democráticas y la gestión de las emociones para mantener contenta a la humanidad restante pueden ser tan importantes como estar armado hasta los dientes para luchar contra la invasión de caminantes.

The Walking Dead nos recuerda que nuestra mayor pesadilla somos nosotros mismos. Ese es uno de sus mayores ganchos.