jueves, 6 de abril de 2017

No pasa el tiempo

Es misterioso ver como el tiempo no pasa por quienes conocemos. O sí que pasa, pero se normaliza su paso, tal y como deja de sorprender que un río fluya y nunca se esté quieto. 

Me fijo en ellas, en ellas que crecieron conmigo de forma paralela o a ratos entrelazada. En su piel que antes era tersa y ahora empieza a estar recorrida por arrugas de desconocidos tractores que labraron su tierra fértil. Y parecen no importar, y si importan y uno las mira no ve nada desconocido, asimila de forma inconsciente lo que siempre estuvo allí latente y un día apareció, no parece raro. Sigue siendo la misma, dice, cuando el intervalo de juventud se vuelve cero al mirar una foto de hace años, la misma cara sin años como si fuera intacta. Si surge una cana, siempre estuvo allí, como no haberla visto antes cuando no teníamos trabajo y nos sobraba el tiempo libre, en qué poco nos fijábamos. 

Uno la ve y piensa que ya parece madre, como si se llevara ser madre en secreto, como un plan deliberado y sin hijos aún. "Cómo puede ser madre alguien que no dejó de ser niña" es un pensamiento que nunca ocurre en uno, como si desafiara a las leyes de la física, siempre fue perfectamente normal y esperable. De repente, aunque no es tan rápido, el vientre se hincha y las facciones cambian, comienza a ser más un temor que una sospecha, más algo tangible que una idea. A sus ojos es la misma, siempre la que nunca dejó de adornar el presente llevándose al armario los recuerdos. 

Y de la misma forma a uno siempre le pareció que desde el primer día sería así, que cuando sujetaba el vaso en esa discoteca a la que casi no tenía edad de entrar, ve que le sobrevendrían la edad y la maternidad, quizás el destino pensara en ello por encima de esas cabezas atolondradas que intentaban vivir al margen de lo inevitable. 

Quizás el tiempo sólo pase para aquél al que de verdad le importa y se pare a pensar, se interponga a detener un tren que nadie ve y a nadie incumbe. Siempre fue así a tus ojos y a los de los demás, incluso a esos ojos mismos que eran más jóvenes y veían a las mismas personas. 




martes, 9 de agosto de 2016

¿Una destrucción consciente?


Antes de que el lector se sumerja en esta entrada, quería aclararle que yo soy un joven más. Un joven moderno que ha hecho algunas de las cosas que aquí se detallan. Sí, yo estoy también en esto, pero llevo tiempo preocupado y quiero elaborar una reflexión crítica que sirva a nuestras generaciones.

Cuando en España la tasa de desempleo juvenil ha bailado un lento y agónico tango sobre la mitad del colectivo, surge entre los jóvenes el desánimo colectivo. 

Para cualquiera que tome unas cañas con sus amigos, la charla acaba derivando más temprano que tarde en la mala situación laboral, bien porque afecte directamente a integrantes del grupo o a conocidos. Se encadenan entonces críticas al modelo educativo, a las decisiones de gobiernos y empresarios, a la iniciativa social... Menos mal que el amargor dura poco (al fin y al cabo la cerveza se concibe para el disfrute), y el buen humor se entromete y arrastra lejos ese tema para hablar de anécdotas divertidas y de planes prometedores...

Hay algo de lo que se habla menos. La culpa siempre parece de otros. Es más difícil observar que los delgados hilos de la responsabilidad pueden empezar a tejerse en las manos de cada una de nuestras irreflexivas decisiones. Quizás algunos construyamos con paciencia y desconocimiento una sofisticada trampa que puede asfixiarnos dentro de poco tiempo.

Me gustaría llamar la atención sobre muchas de las alternativas al ocio que existen hoy en día, en gran medida facilitadas por el avance tecnológico. No daré nombres de algunas de estas aplicaciones, porque creo que todos las tenemos en mente. Durante las vacaciones, muchos han viajado a lugares lejanos y han alquilado habitaciones de un particular que las oferta en una página web. Desde luego, no se han generado muchos puestos de trabajo en la hostelería gracias a ese acto. Así como tampoco habrá ayudado a los trabajadores de autobuses o trenes haber compartido un coche con un desconocido para realizar el trayecto.

También afecta a la compra de cada día. Hoy en día es posible adquirir una gran cantidad de artículos a través de la red, muchos de ellos podríamos conseguirlos en tiendas locales que cada noche temen cerrar la persiana para siempre. Preferimos comprar comida de menor calidad a un bajo precio que pagar su justo valor en otro establecimiento, tras habernos deslomado montando un mueble para ahorrarnos lo que hubiera costado la integridad del servicio. La cesta de la compra ya no la controlan las manos de una cajera de supermercado, sino que nos agolpamos en torno a una máquina que sustituye al toque humano.

Cierro con una reflexión. Hace ya unos años, fui peregrino del Camino de Santiago. Durante un tramo especialmente duro mis cansados pies soñaban con pisar tierra, ya que hacía medio kilómetro que recorríamos un suelo de piedras desordenadas que torturaban el andar. Y se me pasó por la cabeza la idea de que yo solo poco podría hacer, pero si cada uno de los que pasábamos por allí retiraba una piedra del camino, el tramo sería más agradable para todos.



miércoles, 17 de febrero de 2016

Cuando las series transmitían valores de familia y alegría

Hoy ha fallecido George Gaynes, quien hacía de padre adoptivo de Puny Brewster en la serie homónina de televisión. Alguien pensará que por qué decido escribir sobre un tema algo banal cuando llevo mucho tiempo sin escribir nada en este espacio por falta de tiempo.

Este suceso me ha hecho recordar la serie, o al menos, me ha hecho encontrarme con mi visión de la serie que veía de pequeño. No veía todos los capítulos ni era un fan, pero sí que me gustaba encontrármela cuando pasaba las cadenas. Ahora creo entender por qué. Era un planteamiento quizás no muy original pero muy profundo, y quizás eso me hace recordarla tanto. 


Por un lado, una niña huérfana que vive en la calle mendigando por la caridad. Por otro lado, el señor mayor rico y ávaro, que pasa por encima de los pies de un mendigo. Sus vidas se encuentran cuando la niña decide ocupar su casa para vivir allí con su perrito. Tras echarla de su casa, el señor se arrepiente y digamos que la adopta (nunca estuvo muy clara la situación legal de esa adopción). Y desde entonces lo que era entrañable es que a través de episodios más bien insustanciales, llenos de pequeñas aventuras para niños y de risas enlatadas oxidadas, había un trasfondo muy feliz. 


La niña aprendía del nuevo padre y viceversa. El gran rico por fin aprendía a sonreír en su vida por la ilusión que traía su nueva compañera, a cada pequeña travesura él aprendía a vivir la vida a sorbos de nuevo, pese a su fatiga y a su vejez. Y la niña afrontaba las mayores dificultades de la vida de la mano de alguien con mucha experiencia, que inesperadamente tenía mucho tacto para entender a alguien tan pequeña, aún cuando nunca había tenido contacto con nadie de su generación. 

Resulta curioso que una dulzura parecida a esta quizás jamás la volvamos a ver en una televisión tan degenerada como la de hoy en día.

lunes, 20 de julio de 2015

La pérdida de lo inmutable

Antes, uno estaba acostumbrado a salir de casa y encontrarse más o menos lo mismo.

Era bastante excepcional que ocurriera algo nuevo en el barrio. Muy ocasionalmente, podían abrir un nuevo comercio, celebrar una feria totalmente novedosa o transformar una calle dominio de los automóviles en una calle peatonal. Eran cosas muy inesperadas e, inevitablemente y debido a esa característica, muy comentadas por los vecinos.

Ahora, las calles cambian a una velocidad impredecible. Y casi siempre a peor.

Hemos visto todos, ya vivamos en una gran urbe o en un barrio modesto, como comercios de toda la vida han sido fagocitados de la noche a la mañana, y como esas persianas de metal cayeron para siempre y se llenaron de óxido. Han desaparecido tiendas de decoración, panaderías, librerías, jugueterías... en un número que ya se nos escapa. Hemos visto renacer alguna, aunque ya jamás las reconozcamos: ahora son bares de degustación, tiendas de moda que duran un telediario, bazares llenos de artilugios innecesarios. Cuesta apegarse a ellos, a esos tenderos que aún no conocemos y nos llevará una vida hacerlo.
Y qué decir de la fiebre por hacer obras en las calles, frecuentemente para empeorarlas, ahogando las zonas verdes y llenándolas de cemento. ¿Quién nos ha robado el plano de la ciudad?


Estabilidad que, dicho sea de paso, no encontramos tampoco en lo virtual. ¿Cuántos cambios ha tenido, y siguen teniendo, la web de tu periódico, de tu universidad o tu red social favorita? Aunque en lo virtual, la inmediatez va en el ADN, es cierto que los cambios han dejado en el olvido a muchos espacios que algún día se creyeron portadores de la innovación eterna.

¿A qué viene esta reflexión?
Encontrarse siempre lo mismo daba una sensación de seguridad, de que el entorno que nos rodea se mantiene en su sitio. Eso permite sentirse muy cómodo con el entorno, muy apegado a él y a su vida cotidiana, de tal forma que se establecen relaciones cercanas con sus dependientes, con los vecinos. Lo inmutable daba previsibilidad, una cierta sensación de dominio del territorio y de sentirse cómodo en él.
También generaba otro beneficio: esta tranquilidad externa acaba generando que uno tenga más confianza para ocuparse de uno mismo, de sus reflexiones y problemas internos, con más seguridad. Así, tranquilidad interna y externa son espacios recíprocos.




No sabemos ahora qué debemos retener en este mundo de constante zozobra.
¿Quizás es que no merezca la pena recordar nada?

¿Hablamos del miedo al cambio o del cambio al miedo?