jueves, 3 de mayo de 2018

El ardor de la sangre

El ardor de la sangre
Irène Némirovsky 
Recuperada en 2007

¿Alguien es capaz de renunciar al incendio de unas pasiones que se tuvieron por ciertas, aunque ya no queden ni las cenizas? Silvio, tras haber vivido décadas sin retener nada, vive cerca de sus primos en una pequeña zona rural de granjas y molinos. La primera hija de sus primos ya está preparando su boda, y la familia y todo el pueblo se vuelcan con el apoyo a la joven pareja. Esta es una historia de cómo el zarpazo del pasado explica los rasguños que se intuyen en el presente.

Si bien el primer acercamiento a Némirovsky, El baile, me dejó un tanto frío, no puedo dejar de aplaudir la genialidad de esta novela. Los personajes, unidos tanto por lazos familiares como de amistades consolidadas, danzan en torno a una comarca donde ocurren acontecimientos que les marcan para siempre, acontecimientos que están más allá de lo que creen dominar. Sólo las conversaciones mantenidas a horas extrañas permiten revelar la tibia luz de los más ocultos secretos.

Advierto que este libro está muy inteligentemente trazado, y sus giros están bien distribuidos, algunos de ellos son infartantes. Imposible no sentirse identificado. La complejidad de la historia que acaba conformando es para exponerla en vitrina.
Gracias por esta joya, Irène.

martes, 1 de mayo de 2018

Mi Walden particular

Verde que te envuelve, que tapa la luz del sol para que sólo veas más hierba, que te abre un paisaje de paz y de apasionantes aventuras... Si el verde es mi color favorito es porque mi infancia ha estado marcada por mis incursiones a los bosques. Mi pasión por investigar cada rincón del mundo natural debió resultar alguna vez cargante para mis amigos, quienes sin embargo no dejaban de acompañarme, muestra de que también disfrutaban. Si algo me llamaba de seguir los confusos senderos trazados en la espesura era la sensación de que allí todo estaba por descubrir, muy diferente al entorno urbano totalmente delineado y sin secretos. Qué triste cuando crecemos y nos volvemos en torno a nuestro exclusivo mundo humano, cuando tantas sensaciones siguen floreciendo ahí fuera.


Movido a medias por la nostalgia del pasado y por la curiosidad de lo que el presente seguía guardando, me he puesto unas botas para ir a recorrer los paisajes que desde los 8 años tanto me han enseñado. Había llovido el día anterior, por lo que las hierbas estaban mojadas aunque a simple vista no lo pareciese: esas finas hojas van mojándote los zapatos con mucho mimo hasta que a los pocos pasos ya tienes el calzado totalmente empapado. 


Pero eso no apagó ni un ápice de mi ser aventurero, lo mismo que los arañazos de las ortigas y las manchas de barro no detuvieron a mi ansia infantil de abarcar el infinito. Seguí adentrándome pese a que parte de la tierra resbalaba y me hacía tener que pisar con mucho tiento. De pequeño, ni siquiera el repentino ruido que parecía provenir detrás de un arbusto me alteraba: siempre tenía un largo palo en la mano para defenderme de la amenaza más insospechada, la propia naturaleza dota a uno de todas las armas necesarias para defenderse de ella. 


Cuando de pequeño has sentido el arrojo de cruzar a cualquier sitio, de llegar hasta el final de toda senda, llegas a adulto y descubres un obstáculo insalvable. Nuevas plantas que no estaban allí han tenido años de sobra para crecer y fortalecerse.


No puedes avanzar, el sendero que tantas veces habías recorrido con avidez ahora está totalmente bloqueado. Lo intentas, aunque sea desviando unas ramas, pero unos centímetros más allá los arbustos emergen del todo infranqueables, ni siquiera puedes poner un pie adelante.


A mi mente viene el antiguo camino descendente entre los árboles, hasta llegar a la explanada conocida como el búnker donde las copas de los árboles proyectaban una sombra que permitía el crecimiento de un musgo mullido alrededor de una extraña estructura de hormigón.
Ya no parecía haber forma de llegar hasta allí.

Pero sí, había otro camino que parecía mucho más marcado en su fisura que el que me había visto obligado a abandonar. Como se puede observar, era un camino algo más arriesgado, a cuyo lateral una pendiente se deslizaba algo más de una decena de metros. Pero si de niño nunca temblé, menos iba a hacerlo de mayor. A pesar de ser más grande y pesado - y seguramente menos hábil en mi equilibrio - me lancé rápidamente por el camino estrecho, donde al final podía vislumbrar lo que me hacía feliz: un grueso muro de hormigón que identifiqué de inmediato. No me costó nada pasar a través de ese desfiladero en que apenas me cabía un pie, las ganas de llegar cuanto antes me llevaban solas y mi cuerpo estaba protegido de toda caída por el aura de Gaia.


Tras salir del camino, pude observar mejor la estructura del búnker. Me recordaba perfectamente a lo que conocía de pequeño, pero no así sus alrededores: no había ya ninguna explanada sino que las plantas prácticamente devoraban la muralla. Y no se limitaban a eso, sino que se colgaban por encima e iban colonizando lentamente el cemento. De nuevo, me volví a dar cuenta de que a pesar de haber ganado algo de distancia respecto a la primera desviación, por aquí tampoco me iba a ser posible avanzar más. Y no había un tercer camino en ningún sitio, bien lo sabía de pequeño y lo podía comprobar desde mi tiempo actual. Me hubiera gustado poder ir más lejos, donde una vez tuvimos una precaria cabaña en un árbol. Pero por aquí, la naturaleza había dicho basta.

El búnker en sí no tenía nada de apasionante. Seguramente era lo más aburrido de todo el bosque, precisamente por lo que tenía de antrópico contraste con todo el medio natural que lo rodeaba. Y lo que era peor, a sus pies se acumulaba bastante basura. De vez en cuando buscábamos con la mirada algo que pudiera interesarnos, como si fuésemos a encontrar dinero, pero no eran más que restos.


Y esta vez, para no faltar a la tradición humana de ensuciarlo todo, allí estaban los restos de dos sillas. Una de ellas, la azul, invitaba a sentarse a contemplar como la maleza tupida engullía toda posibilidad de seguir adentrándose en el misterio. La naturaleza me había mandado un mensaje: ella también había crecido al igual que yo lo había hecho durante este tiempo, y que ambos nos hemos ido ocultando secretos que son difíciles de volver a transitar.

domingo, 22 de abril de 2018

Algo que puedo decir sobre Avicii


A muchos que me conocen  - no del todo, aunque tal nivel de conocimiento frente a la gran mayoría de los entes sea pura ilusión velada - les sorprende que me guste el EDM, la música electrónica que combina ritmos pegadizos y un tanto machacones. Dicen que este estilo no me pega nada, y posiblemente sea verdad: mis gustos musicales tienden más hacia el rock clásico.

Sin embargo, en mi estantería hay discos. Sí, hay algún disco, pocos porque ya se ha perdido la materialidad de conservar canciones. Y entre ellos están los dos discos de Avicii: True y Stories. Nunca entendí que con la gran cantidad de temas que tenía este DJ sólo sacase dos LPs, una exigua venta donde deja fuera muchas de sus creaciones y prácticamente todas sus versiones de otros artistas. Quizás el motivo fuese la venta digital que le daba más rentabilidad, pero su comercialización física ha quedado bastante coja.


¿Por qué disfrutaba con Avicii? La música electrónica provocó en mí desde el inicio un rechazo mayúsculo y frecuentemente era un objetivo de chistes entre los amigos, porque nos imaginábamos que los fanáticos de aquellos ritmos desenfrenados eran poco menos que unos descerebrados en caída libre hacia la nada. 
Hacia el final de mi época universitaria el paradigma musical cambió mucho. Primero llegó David Guetta. Y después, canciones como las de Avicii, donde Levels representó un hito que todos bailaban aunque nadie pudiera cantarla. Los pies se movían solos al ritmo de la habilidad de este joven sueco, ya que sus temas comenzaban a permear los ambientes más exclusivos y ahora sonaban por todas las fiestas. Momentos mecánicos repetitivos de mucha potencia en la escala se quedaban grabados en las mentes del colectivo.
Y aún se llegó más lejos. Todas las canciones que tenían éxito en las emisoras y en los bares habían empezado a incorporar lentamente compases propios de la electrónica: a pesar de que sus artistas se definiesen como cantantes de pop, sazonaban sus estribillos o interludios con notas preparadas por DJ. El propio Avicii tuvo varias colaboraciones con cantantes con los que quizás nunca soñó haber cruzado su mesa de mezclas.


Avicii fue el responsable de parar un momento nuestra vida y rellenar ese pliegue con una música alocada, que distorsionaba todo con el único fin de electrocutar toda sensación hasta anestesiarla.  Nos invitaba a romper con nuestra monotonía aunque no nos llevase a ningún sitio claro. Puede que Avicii no trascienda más allá, o puede que haya sido uno de los grandes revolucionarios de un género que se recordará en el futuro, quién sabe. De momento podemos quedarnos con que nos hizo bailar convulsivamente, nos hizo evadirnos sobre el estrés para llenar de energía nuestras cansadas neuronas y nos dejó en la cabeza ritmos de una épica a la que es difícil oponerse. Cuántas veces habré puesto tu música tanto para animarme en mis momentos bajos como para celebrar mis notables triunfos...

Muchas gracias, Tim Bergling.

PD: Al éxito de Avicii le acompañan sus alocados videoclips, invito a quien no los conozca a reírse con la evasión de la vida seria y aburrida que plantean Levels, Wake me up I could be the one; o a llegar a un nivel más profundo sobre nuestros modos de relacionarnos viendo Seek bromance o la versión de Avicii de You make me

sábado, 31 de marzo de 2018

La irracionalidad de las pasiones



La herencia de Eszter
Sándor Márai
1939

Resultado de imagen de herencia eszterEszter recibe la noticia de que Lajos va a volver de visita a su casa después de 20 años sin verle. Eszter se muestra recelosa, ya que considera que Lajos destrozó su vida y la de muchos de su alrededor: a ella le abandonó y al resto les llenó de deudas y les quitó casi todo lo que tenían. Y ahora Lajos vuelve anunciándolo a los cuatro vientos. ¿Qué intenciones trae ese nombre maldito y cómo va a reaccionar ella al verle?

La novela gira en el antes y el después de la llegada de Lajos, un estafador y mentiroso que vuelve como si nada pasara. Lajos vuelve para terminar algo que está directamente relacionado con Eszter, y será inevitable el reencuentro amargo entre ambos. De este relato de Márai nos llevaremos una sorpresa, y es que la lógica y la voluntad no son siempre el camino a tomar. Algunas sendas se inician hace mucho por el camino de los sentimientos y quedan atadas sea cual sea el resultado. es una lectura muy conveniente para entender algunas facetas sorprendentes del alma humana.