lunes, 1 de abril de 2013

Ada Colau y los que me representan


Ada Colau y todos los implicados en la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) nos están demostrando que la mejor forma de hacer política puede ser precisamente estar fuera de la política.

El apoyo popular que están consiguiendo y consiguen a cada día que pasa es algo admirable y que dice mucho de cómo está la calle. Han devuelto la esperanza a muchas personas que se han quedado sin casa y sin dignidad y vuelven a creer que sí se puede.


Probablemente sea esa la razón, la admiración convertida en envidia, por la cual el Gobierno intenta pasar de ellos como si no existieran, o por la cual les tacha de terroristas para arriba (no estoy 100% a favor del escrache, pero tampoco de las descalificaciones fuera de lugar que se hacen). Una política que no oye al ciudadano es una política que va cogiendo polvo en el estante de arriba de la biblioteca, y el Gobierno se está quedando solo allí arriba, por eso busca llamar la atención con sus palabras (el análisis de por qué están en los medios palabras con tanta fuerza palabras como proetarra, nazi o antisistema requiere sin duda también un análisis, quizás en otra entrada).

Por eso, yo ante al inmovilismo de unos, prefiero creer que es posible cambiar las cosas, que es posible reparar los daños y encontrar soluciones efectivas a la gente que sufre. Creo que tenemos que crear y potenciar una democracia útil y que nos oiga, y si la tenemos que crear de cero tenemos que trabajar aún más.

Por eso cada día soy un poquito más de Ada Colau y un poquito menos de los que me representan. Porque creo ver esperanza en ella.

domingo, 31 de marzo de 2013

No invierta en política, ¿está loco?

No creo que la política sea un buen negocio en el futuro, no invierta en ella. Ni se le ocurra.

¿Por qué lo digo? No, no crea que eso porque soy consciente del gran peso que tienen la economía y los grandes poderes financieros sobre ella, que cada día le comen más el terreno. Es verdad que si seguimos así, el siglo XX que fue el de la política sea desplazado por el siglo XXI de la economía sin límites. Pero créame no lo digo por eso.

Si le digo que no invierta en política de cara a la futuro es porque el sistema democrático tal y como lo conocemos se va a desmoronar. Gracias a Internet.

¿Me deja que volvamos un poco atrás en la Historia? Seguro que recordará el nacimiento de la democracia Ateniense, a pesar de que no estuviésemos allí. Siento fascinación al acordarme de la Asamblea, aquél sistema de democracia directa en el que cualquier ciudadano (bueno cualquiera no, ya sabemos que el sufragio nunca fue universal hasta hace pocas décadas) podía acudir a las reuniones. Aquellas grandes reuniones entre ciudadanos permitían que todos los presentes participaran directamente en las decisiones, de ahí su nombre.

Pero claro, era poco práctico, ¿no? Por eso fue ganando fuerza la democracia representativa. Juntarse todos podía ser un follón, especialmente en núcleos ciudadanos muy grandes o con zonas deslocalizadas. Por eso derivamos al sistema que conocemos ahora, donde elegimos unos representantes.

Pues Internet hace que el sistema vuelva hacia atrás. Volvemos a la democracia directa. 

Y de una forma que es imposible ignorar. Con lo conectados que estamos ahora, ¿Cómo no va a ser posible que no dedicásemos un rato al día o a la semana a entrar al foro de los ciudadanos y a votar aquellas decisiones relevantes que estén en la agenda de la actualidad? No estaría mal, yo creo que unos minutos después del telediario bastarían para ejercer nuestro derecho. Y el que no quiera votar, pues que no lo haga, tampoco van todos a la urna.

Si pudiendo usar estas maravillas tecnológicas siguiésemos dependiendo en líderes y representantes que sentimos que no siempre nos representan, permítame decirle que seríamos unos ciudadanos perfectamente estúpidos.

Más aún, gracias a este invento del Internet globalizador, ¿cómo podremos contentarnos con votar sólo decisiones que nos conciernan a nosotros? ¿No deberíamos todos los países poder decir algo sobre el cambio climático, sobre el hambre en el cuerno de África, sobre la especulación? Sin duda, la política que podríamos crear sería para algunos temas importantes mucho más grandiosa que el desastroso puzzle de naciones que tenemos ahora.

Por esto mismo, y por muchas otras cosas con las que no quiero aburrirle más, le aconsejo encarecidamente que no invierta en política en el futuro. Antes invertiría en gelatina, fíjese lo que le digo.

domingo, 24 de marzo de 2013

¿Acaso no queremos pensar?

Me preocupa enormemente la cantidad de banalidad que nos tragamos a diario, y que ha alcanzado una gran diversidad de ecosistemas. No importa ya si hablamos de música, televisión o libros. Hay algo que se está extendiendo como una neblina invisible en la mayoría de formas de cultura con las cuales nos topamos viviendo en este mundo.

Evidentemente no es una generalización extensible a todo lo que ven nuestros ojos hoy en día, pero creo que si va mucho más allá de lo que parece. Y que cada vez lo es más. Creo que nos estamos volviendo adictos a consumir formas de entretenimiento que no nos aportan mucho, que simplemente nos entretienen. Ya hay muchos programas que son pasatiempos puros, muchos best-sellers sin fundamento que te engancharon en su día pero nunca volverás a releer, películas llenas de masa insulsa, música sin letras profundas...

No es intrínsicamente algo negativo, me parece bien que las cosas vacías existan porque también tenemos ratos en esta vida para vivir de ellas, para simplemente no pensar mucho si estamos cansados o queremos disfrutar del ocio destilado. Pero cuando ya la miga empieza a ocupar demasiada parte de nuestra vida, esta pseudocultura - y en especial sus consecuencias - me alteran. 

Estamos perdiendo la sana costumbre de incorporar un valor añadido a nuestras vidas en lo que pasamos nuestro tiempo. Puede que ya nos canse pensar. O que no nos apetezca que determinados programas nos hagan pensar. Igual es que estamos muy ocupados. O muy desocupados, que más da. "Pensar no" pensamos, porque no lo decimos.


Porque estoy detectando esto cada vez más en nuestra sociedad, me gustaría hacer un pequeño llamamiento para que redescubramos nuestra cultura en un sentido que nos lleve a disfrutar de ella, por supuesto, pero también que nos sirva para trascender nuestra realidad.






miércoles, 20 de marzo de 2013

Retratarse y retractarse

Por las obras el autor se retrata. Es lo que ha pasado con la decisión de las condiciones del rescate a Chipre. Esta amenaza del corralito bancario abominable no se puede tapar fácilmente con pseudónimos ni medias tintas. 

La población de Chipre, y la del mundo entero, sabe de qué va eso. Lo entienden hasta los niños de párvulos, oiga. El banco no da dinero, no me da mi dinero. Incluso igual me lo quita. 
"¿A las malas? A las malas no se juega" dice una niña. 

Y no hay derecho, así de claro. No.


A veces ocurre que el autor, después de que se retrata, se retracta. Es lo que parece que ha pasado. Se les ve el plumero, y el gran poder echa un poco para atrás. No sabremos muy bien si ha sido un ataque de humanidad o de poca vergüenza para con los chipriotas. Tampoco sabemos si será el fin, de hecho, ya no sabemos ni de quién fiarnos.

Pero las mentes no olvidan tan fácil como lo quisiera la voluntad. Ya no sirve si no disparaste o si tardas en disparar, sirve que apuntaste y amenazaste. Eso es lo que queda en nuestra mentes. 

Con esas armas nunca tendríamos que haber aceptado la partida (aunque yo creo que tampoco la hemos aceptado nunca).

La noticia del corralito es una pesadilla inquietante e intermitente. ¿Qué pasará? ¿Será el fin, no será, será el medio-fin? ¿Y qué hacemos el resto? ¿Volvemos a guardar el dinero en casa como antaño? No, que si nos desahucian también se lo queda el banco porque se queda la casa...

Por si teníamos poco, el corralito acaba de llegar. Pensábamos que nos trataban como si fuésemos basura, ahora resulta que nos tratan como si fuésemos pollos. Si por lo menos nos cebaran...